Los desafíos éticos de la ciencia de datos
La generación de datos ha experimentado en los últimos cinco años un crecimiento exponencial. De hecho, se considera que el 90% de los datos disponibles actualmente ha sido generado en los últimos dos años.

Una vez que se ha divulgado estos días la noticia sobre la infiltración de información sensible de 20 millones de ecuatorianos como sus números de cédula, RUC, correos electrónicos, direcciones de domicilio, lugares de trabajo, números de celular, entre otros; se pone en discusión que implicaciones tiene el manejo de la “big data” (grandes volúmenes de datos).

El manejo de una gran cantidad de datos ya sean estructurados, semiestructurados y no estructurados, tienen el potencial de ser extraídos para obtener información de cualquier tipo ya sea del sector financiero, económico, social, geoespacial, meteorológico, la medicina, la planificación de una ciudad, la publicidad, entre otros.

La ciencia de datos abarca todo tipo de técnicas para analizar datos a escala, los cuales se recopilan, se almacenan, se analizan y se interconectan con otros tipos de datos.

Pero detrás de toda esta información analizada, existen cuestiones que deben analizarse ya que toda la data que se lleva recopilando y analizando hasta ahora, tiene evidentemente un impacto cultural, científico, político y económico según como usen esta información la ciencia, las empresas y los gobiernos.

Cuando nos planteamos el impacto de la ciencia de datos, hay que revisar la ética sobre su uso, el objetivo y el fin de quien accede y analiza nuestra información.

Muchas veces la recopilación de grandes cantidades de datos sucede sin nuestro consentimiento. Cada vez que accedemos a portales de redes sociales, de servicios o de conocimiento y piden nuestro consentimiento para acceder a nuestros datos, les estamos dando también carta blanca para que dispongan de nuestra información según el criterio ético (o falta de ética) para usarla con fines que no hemos consentido.

Ya se conocen casos de infiltración de información masiva por los casos que divulgó Edward Snowden en su momento, o el caso de Facebook en EEUU y su impacto en las últimas elecciones de este país. Y es que, en la actualidad, la “privacidad” va más allá de compartir o no fotos o videos en redes sociales o ir afinando que contenido y a que círculo le permitimos su acceso.

Nuestra información está por todas partes, replicándose, compartiéndose y sobre todo analizándose para fines que consentimos o no. Ya lo publicaba ayer Snowden en el lanzamiento mundial de su libro de memorias (Permanent Record) donde alerta de la situación actual de nuestra información: “Ahora mismo, seas quien seas, estés donde estés, en términos corpóreos y físicos, te encuentras además por todas partes, estás en circulación (…). Nuestros datos deambulan a lo largo y a lo ancho”

Entonces vale cuestionarse, ¿cada vez el uso masivo de nuestra información está dando paso al deterioro de nuestras libertades civiles y de privacidad? Quizás sea necesario comenzar el debate sobre un marco ético que de directrices de cómo se deben utilizar las herramientas de la “big data” ya sea con fines de investigación científica, económica, etc.

Y a la vez, esta premisa nos lleva a cuestionarnos lo siguiente ¿Cómo se pueden recopilar datos sin el conocimiento o consentimiento de las personas y aun así cumplir con la obligación ética de tratar a las personas con “justicia, beneficencia y respeto?

Entonces la responsabilidad sobre el manejo ético de información no sólo recae sobre los gobiernos, sino también sobre las empresas que se dedican a la ciencia de datos, y que deban plantearse tener una normativa casa adentro.

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